sábado, 26 de mayo de 2012

jueves, 19 de abril de 2012

La llegada del cinematógrafo a Madrid (1896)

En el mes de mayo de 1896, coincidiendo con las fiestas de San Isidro, se produce uno de esos acontecimientos extraordinarios que marcarán a la sociedad: la llegada del cinematógrafo a la capital. No se trata de un acontecimiento más y la gente así lo siente, lo que atrae el interés de una variopinta multitud de personas. Los más avezados saben que apenas seis meses antes, el 28 de diciembre de 1895, se había presentado este nuevo invento en París, al que la gente empezaba a llamar cine. ¿De qué se trata realmente?, ¿qué tiene de científico este invento?, ¿estamos ante un nuevo arte o es una actividad puramente comercial?, son preguntas que se hace la sociedad más informada de la época. Quizá amalgama de todo un poco.
Al hotel de Rusia, situado en la Carrera de San Jerónimo, van llegando aquellos llamados a contemplar por primera vez lo que parece que es un sistema para atrapar el tiempo y mostrárnoslo en cualquier momento. Personas, animales, árboles y objetos son recogidos por una máquina, montados y editados, el resultado final es posteriormente proyectado en una pantalla con fondo blanco. La técnica consiste en proyectar fotogramas de forma rápida y sucesiva para crear la impresión de movimiento. Realmente fascinante.
En la planta baja del hotel existe un amplio salón, que suele utilizarse para representaciones y espectáculos variados, que resulta idóneo para la ocasión. A partir del 15 de mayo, desde una cabina instalada al fondo de la sala, se proyectan diariamente varias películas ante la admiración e incredulidad de los asistentes. Son sesiones que comienzan a las diez de la mañana y se prolongan hasta casi la media noche.
Los títulos proyectados son, entre otros, Salida de los obreros de la fábrica Lumière, Llegada de un tren a la estación, Un paseo por el mar, Demolición de un muro... El resultado de estas proyecciones es magnífico y, aunque las películas tienen una duración muy corta, el público se siente fascinado por cada pase, en medio de aplausos, sorpresas y alborozo general. Había llegado el cine a Madrid.
El éxito de este invento fue inmediato en toda Europa y América del Norte. En un año los hermanos Lumière creaban más de 500 películas.